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Andrés Vignoni, enólogo de vinos que no reconocen varietales

El winemaker amante del rock desafía a la norma con su proyecto Raquis, donde las etiquetas reflejan la personalidad de la zona. Elegancia, equilibrio y finura son su marca registrada.  

Andrés Vignoni es la 6ta generación de una familia de hacedores del vino. A los 17 años decidió hacer su propio camino, dejando huellas en cada una de las vendimias que hizo en Mendoza, Francia y España. 

«El mono», como todos lo conocen, trabajó con enólogos reconocidos de los cuales aprendió y a quienes, seguramente, les enseñó el respeto por las zonas de cultivo. Dos de sus vinos recibieron 100 puntos y Tim Atkin lo eligió como el Joven Enólogo del Año en 2020. Pero a él no lo distraen las luces de la ruta. 

Sigue su propio andar, como desde un principio, buscando que quien descorche una de sus botellas, sea conocedor o no, la disfrute. En sus ejemplares está claro el equilibrio entre elegancia, fineza, concentración y longitud; sus vinos se pueden guardar en el tiempo. ¿Su anhelo? «Que alguien a ojos cerrados pruebe mis vinos y diga ´esto lo hizo El Mono ́». 

Pero este enófilo viajero acaba de tomar una curva nueva, lo cual lo llena de emoción. La curva se llama Raquis, su primer proyecto propio, del cual nacen vinos respetuosos del suelo que se convierten en una especie de reflejo de la identidad de la zona. 

«En mi vida ahora viene crecer desde otro lugar. Los vinos ya tienen mi personalidad, ahora deseo que hablen por mí, voy por la emoción», comparte Andrés sonriendo y al mismo tiempo aclara: «Eso no sucede de un día a otro, sé que tengo muchos años para ver a Raquis florecer, es mi proyecto de vida».

Raquis, la columna vertebral de Andrés Vignoni 

En plena vendimia y en medio de la construcción de la bodega Raquis (Agrelo), El Mono atiende el teléfono. Se aleja de los ruidos de máquinas trabajando, se preocupa por tener buena señal y se entrega a una charla en la que se nota su amor por su nuevo portfolio de vinos.

El proyecto de Andrés es en conjunto con Facundo Impagliazzo (ingeniero agrónomo) y Ariel Núñez Porolli (ingeniero industrial); éste nació como respuesta a interrogantes que los hizo explorar en su interior. «Nos preguntamos ¿cuáles son los vinos que nos gustan tomar? ¿Qué vinos soñamos hacer?¿Qué legado vamos a dejar? y así decidimos hacer una bebida que nos represente a nosotros». 

«No se trata de hacer nada disruptivo sino de hacer algo de mucha elegancia y de corte moderno. Unir lo ‘clásico bueno’ con nuestra experimentación. Vinos de microparcelas que se guarden bien con el tiempo y que se conviertan en vinos de culto; no tan maduros pero tampoco verdes, compactos en el centro de la boca, donde la longitud marca el estilo».

La búsqueda de productores que cuidaran y respetaran la zona y la viña, fue fundamental, como así también los cuidados orgánicos y biodinámicos y la altitud de las zonas. «Cada lugar tiene personalidad por lo que nuestros vinos no reconocen varietales sino, más bien, zonas. Creemos que los vinos son un reflejo del suelo y a ese nivel de respeto los llevamos».

Las Bases, Cuatro Parajes (Altamira, Chacayes, Gualtallary y San Pablo) y Monasterio son las tres líneas Raquis cosecha 2021. La primera remite a las bases de la vitivinicultura local; la segunda está compuesta por cuatro vinos con identidades de cada una de las zonas, y la tercera es el equilibrio entre paisaje, suelo, microclima y vides de Gualtallary. 

La finca Monasterio es donde estos socios y amigos se afincaron para hacer allí su viñedo insignia. Está casi a 1500 msnm y cuenta con pronunciadas pendientes que les permitió plantar en crestas de las lomas y en laderas orientadas hacia los cuatro puntos cardinales.

«Estamos trabajando para que sea el primer viñedo de Argentina reconocido como reserva natural. Notamos, después de muchos estudios, que la viña puede convivir con la flora y fauna autóctona, no hemos modificado el entorno y hemos cuidado el suelo. Éste creo que será nuestro aporte». 

Raquis viene a patear el tablero al no presentar etiquetas con varietales, al experimentar la cosecha espiralada (para que la fruta exprese todo su potencial), al cuidar el suelo y al combinar lo clásico con lo experimental. Y romper los esquemas es justamente lo que propone esta «nueva o 4ta ola de viticultores». 

En palabras del enólogo, las nuevas generaciones deben «darse cuenta que, para hacer grandes vinos, solo hace falta tener una buena uva, disciplina y precisión».

Andrés Vignoni y Ciro Martínez, una dupla imparable

Acá comienza la historia de un fanático de Los Piojos que logró que su ídolo se convirtiera en fan de sus vinos. Sí, Andrés y Ciro ahora son amigos y socios que se «entonan» sus propios logros. «Todo empezó como un deseo y siguió con un asado, futbol y jugando a las cartas».

Han realizado cuatro vinos juntos: Tan Solo, Luz De Marfil (Chardonnay) y, hace poquito, lanzaron su nueva línea Antes y Después, un dúo de tintos que alude a la historia del vino argentino. El «antes» remite a los ejemplares del ´90 con un blend de Cabernet Sauvignon y Malbec mientras que el «después» presenta una combinación de Cabernet Franc y Malbec.

Las letras de las canciones de Ciro y de Los Piojos parecerían estar escritas para los vinos de Andrés pero todo resulta ser una dulce coincidencia. Primero nace la bebida, luego se escoge el tema que le dará nombre y al final, el diseño que unirá ambos mundos en la etiqueta. 

«Cada vez es más natural lo que sucede y va más allá de su talento como músico y de mi aporte con el vino; hemos generado una amistad. Los vinos cada vez están mejor, sí, pero el fin pasa por el disfrute y el compartir».

Así es como vemos que todos los vinos de Andrés Vignoni persiguen y tienen la misma finalidad, sin importar si son los primeros que ideó en su Rivadavia natal, si son los que produjo en Viña Cobos o si son los próximos con Raquis. Él hace vino para tomar, para disfrutar y para descubrir la riqueza de los suelos mendocinos.

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